miércoles, 24 de agosto de 2011

ALFREDO BULLARD: La intolerancia, el Arzobispo y la Universidad




Lo único que no tolero, como decía Von Mises, es a los intolerantes. Finalmente el ser liberal no es otra cosa que saber tolerar.

La intolerancia debería ser considerada un pecado. Lo cierto es que, más allá de disquisiciones teológicas, lo es. Es la fuente por excelencia del prejuicio y de la discriminación. Ha sido la fuente de expresiones tan inhumanas como el racismo y la xenofobia.

La tolerancia, en cambio, es símbolo de civilización. Sin la capacidad de aceptar a los demás como son negamos la empatía y la virtud de mirar a los otros como iguales en derechos.

La tolerancia es además capaz de producir desarrollo y nuevas ideas. La contraposición sana entre pareceres distintos suele producir mejoras en ambas posiciones. Los errores nunca se corregirían si no estuviéramos en la capacidad tolerante de escuchar que podemos estar equivocados. Y solo tolerando y escuchando a lo que se nos contrapone, podemos confirmar nuestras convicciones. Finalmente lo que separa a la verdad del dogma es que el dogma se sustenta en acabar con su competencia, mientras que la verdad es el resultado de la competencia entre ideas distintas.

¿Por qué le temo a Cipriani? No por lo que sabe ni por lo que es. Le temo a su intolerancia, expresada una y otra vez en casi todo lo que dice y hace. Lo cierto es que quizás yo no tenga mucha autoridad religiosa, pero la intolerancia me parece poco cristiana y me asusta más en quien dice representar a la cristiandad. Me parece una contradicción en términos.

Estudié en la Católica y hoy enseño en la Católica. No sé si ello me ha hecho más o menos cristiano. Pero sí sé que me ha hecho más tolerante. No sé si la Católica está o no controlada por esos a los que llaman “caviares”. Puede ser. Pero lo que sé es que siempre se ha tolerado lo que digo y lo que hago. Sé que puedo expresar lo que creo y siento con el único limite de que los demás lo acepten o rechacen en ejercicio de su libre albedrío. He debatido infinidad de veces. Nunca se me ha silenciado.

Estoy muy lejos de poder ser considerado un “caviar”. No creo en las izquierdas, pero las respeto y tolero. Por eso es que Aldo Mariátegui no podrá recurrir al argumento fácil que soy un “caviar” para explicar por qué defiendo a mi universidad y rechazo a Cipriani. Finalmente tolero a los conservadores como él.

El “caviarismo” no es santo de mi devoción. Pero sé que solo tolerándolo y aceptándolo como opción posible puedo confrontarlo y enfrentarlo. No veo en su desaparición un triunfo. Más bien veo en su desaparición una amenaza a mis propias ideas. Finalmente no hay libertad donde solo se admite una opción. Y sin libertad no puedo ser liberal.

No me puedo imaginar a mi universidad sin la capacidad de discutir en sus aulas si el aborto debe ser legalizado o si los homosexuales deben poder elegir casarse. No me interesa tanto el resultado de la discusión, como el hecho de poder tenerla. No me imagino a Cipriani pensando lo mismo.

Lo cierto es que prefiero que le quiten a mi universidad el título de Pontificia a que me quiten mi universidad. Mi universidad es lo que es al margen de su nombre. La verdad es que no tengo idea de qué significa lo de “pontificia” ni qué jerarquía le da. Para serles sincero nunca he sentido que añada nada realmente importante. Y otro tanto puedo decir de la palabra Católica. No siento que añada nada a lo que recibí y a lo que di como alumno y como profesor.

Si se llamara Universidad Laica del Perú, sentiría que mi formación y mi docencia hubieran sido exactamente las mismas (salvo un par de cursos de teología por ahí que poco contribuyeron en mi formación).

Hay precios que vale la pena pagar. Y sinceramente no creo que ese precio sea muy caro para librarse de la intolerancia.



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